Surrealismos-Judiciales

Reirse con justicia de una justicia de risa

Para esta entrada también me gustaba el título

Surrealismos del “Conejo General del Joder Judicial”

pero opté por no copiar en exceso y al menos hacer mío este apartado.

Hubo un tiempo que los temas judiciales me causaba bastante respeto y cierta preocupación por no incurrir (deliberadamente) en acciones que pudiesen afectar mi relación con ellos. Pero, después de haber sido arrastrado (contra mi total voluntad) a sus “dominios”, siento que le tengo bastante desconsideración y cierto desprecio por lo que es realmente y, sobre todo, por cómo funciona.

Tal vez en otro momento, y vaya uno a saber si también en otro lugar, explique algo más sobre mis temas judiciales pero como le dice el gladiador Juba a su amigo Máximo Décimo Meridio: “…aún no, aún no…”

A pesar que la inJusticia ocupa el puesto de la Justicia con demasiada frecuencia, con luz y taquígrafos (expresión que aprendí de los expertos juristas) y la más absoluta impunidad (más claro no sé cómo escribirlo pero sí puedo decirlo más alto poniéndolo entre ¡! y eso que por experiencia personal apenas tendría razón para decirlo muy bajito…), esto va de los interrogatorios surrealistas, jueces insólitos y otras anécdotas del ámbito Judicial, que resultan hasta demasiado cómicas para la seriedad y solemnidad que le imaginamos.

Y sí, Señoría, lo confieso: esto lo encontré en La VanguardiaPublicado en La Vanguardia por Domingo Marchena y en un arrebato, de forma espontánea y sin apenas darme cuenta, resalté el texto íntegro y el Ctrl+C…Ctrl+V fue en un abrir y cerrar de ojos. Sin premeditación ni alevosía.

Y no, Señoría, no estoy rojo de ira, sino de la vergüenza ajena que me produce tanto surrealismo en algo realmente serio…

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La infanta Cristina seguida de su abogado, Miquel Roca, a su llegada a los juzgados de Palma (¿A qué puede deberse verlos tan sonrientes…?). Efe / Ballesteros.

El cheque de la Infanta y otras anécdotas en la Justicia

Interrogatorios surrealistas, jueces insólitos y el ‘Conejo General del Joder Judicial’

-¿Resultó usted herida en la reyerta?

-No, un poco más arriba. Entre la reyerta y el ombligo.

Algunas fuentes cambian la expresión “la reyerta” por “el follón”. El reciente resbalón de los abogados de la infanta Cristina, que ingresaron su fianza de responsabilidad civil en una cuenta errónea de un juzgado equivocado en una ciudad que no correspondía, no es ni mucho menos uno de los traspiés más sonados o más graciosos que se recuerdan en la administración de justicia.

Interrogatorios, reconstrucciones de hechos y sentencias surrealistas. Jueces indignos de la toga, como aquel magistrado canario que acudió a trabajar disfrazado de mosquetero durante los carnavales. Testigos que se refieren al perito como “el Pedrito”. O que se confunden de persona y, cuando les preguntan si conocen al acusado, miran fijamente al fiscal y responden: “Jamás he visto a este señor”…

La convivencia entre detenidos, testigos, policías, funcionarios, abogados, fiscales y jueces es una mina para las situaciones más desternillantes.

Hay arrestados que piden un corpus christi sin esperar a Pentecostés. Aunque si lo que quieren es un hábeas corpus, mejor que hablen con su abogado. Uno de estos letrados declaró una vez ante un tribunal presidido por don Adolfo Fernández Oubiña: “Señorías, esto es un caso para el Tribunal de Derechos Humanos de Johannesburgo” (por Estrasburgo).

No cuesta imaginar el bochorno que pasó el jurista afrikáner. Y más si se tiene en cuenta que el gallego Fernández Oubiña, ahora ya jubilado, ha sido uno de los magistrados más socarrones de la historia de la judicatura. Suya es la sentencia contra un acosador en la que afirma que cualquier mujer “tiene derecho a elegir quién le toca el culo”.

La enrevesada escritura de algunos  apóstoles de las subordinadas ha jugado más de una mala pasada. Uno de los récords está en posesión de la sentencia contra los propietarios de un geriátrico: una veintena de folios sin un solo punto. Y eso por no hablar de las erratas de quienes, crónicas periodísticas y resoluciones judiciales incluidas, se han referido al Conejo General del Joder Judicial.

Menos gracia hace el telegrama que un instructor envió hace años a la Modelo dando a entender que archivaba todas las causas contra  Emilio Alfredo Carballo Villar, preso por estafa y asesinato. En realidad sólo se había sobreseído el sumario por el primero de estos delitos, pero el farragoso escrito hizo creer que el recluso quedaba libre.

Culpar únicamente a la gramática es injusto. Una sencilla llamada de la cárcel al juzgado hubiera evitado la huida de un prófugo. Pero, como bien sabe el fiscal anticorrupción Alejandro Luzón, la palabra exacta tiene mucho valor: “No es lo mismo implicado que comprometido. En unos huevos con jamón, la gallina está implicada. El cerdo, comprometido”.

Hay velatorios en que los deudos cuentan un chiste y todo el mundo se ríe. La justicia también  proporciona los escenarios  más imprevistos para las risotadas. En un juicio por asesinato fue llamado a declarar un testigo muy bajito, con una melena ensortijada y en chándal. “¡Anda, el Maradona!”, se le escapó al presidente del tribunal, que tenía su micrófono abierto.

La reconstrucción de un macabro homicidio, que cometió un policía durante un peligroso juego sexual con su amante, a la que mató de un tiro en la vagina, también propició una escena insólita. “¿Dónde estaba estaba usted?”, le preguntó la juez al acusado. “¿Y ella?” Y el procesado, rojo como un tomate, se puso frente a la juez y le apuntó con el dedo al pubis. “Señoría, ya hago yo de víctima”, dijo el secretario judicial.

Escritores, abogados y periodistas han encontrado un filón inagotable en las barbaridades de la justicia. Entre otros libros, son muy recomendables Juzgue usted, de Beatriz Rato; El circo de la justicia (Bufonadas de togados y otras gentes de mal vivir), de José María Loperena; o De juzgado de guardia, de Javier Ronda y Jorge Muñoz. Y, sobre todo, Amor y sangre en La Oficina, de José Martí Gómez.

La Oficina era el sobrenombre de una de las dependencias judiciales de más éxito en la Audiencia de Barcelona: uno de los bares de la esquina. Del maestro Martí Gómez, un nombre que veneran todos los cronistas de tribunales, se cuenta una leyenda urbana. En una ocasión, cuando era un joven reportero, un magistrado le reconoció entre el público e interrumpió el juicio para exclamar:

-Usted no tiene ni idea de Derecho, pero escribe como los ángeles.

Sólo la segunda afirmación de aquel juez era cierta.

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